El magnate y el presidente se declaran la guerra. Se cruzan acusaciones, se exhiben fotos prohibidas y se rompen alianzas. ¿Quién pierde más?
La amistad entre Donald Trump y Elon Musk explotó en mil pedazos como un cohete mal calibrado. Lo que empezó como un bromance libertario terminó en una guerra abierta con bombas digitales, escraches cruzados y un muerto político que huele a quemado desde Buenos Aires: Javier Milei.
Todo estalló con la aprobación exprés del nuevo proyecto de ley de gasto fiscal que Trump metió por la ventana del Congreso. Musk, furioso, lo llamó “una abominación repugnante”, no sólo por lo que implica, sino por lo que revela: la vuelta al viejo juego de Washington, donde el que tiene el poder, aprieta.
Trump, fiel a su estilo bulldozer, respondió en su red Truth Social con una mezcla de despecho y superioridad: “No me importa que Elon se vuelva en mi contra, pero debería haberlo hecho hace meses”. Traducido: “si vas a traicionar, hacelo antes de que yo te deje sin nafta”.
Pero el verdadero fuego cruzado vino después.
El caso Epstein como navaja
Elon Musk se desató. Publicó en X un mensaje que hizo temblar los cimientos del poder norteamericano:
“Es hora de soltar una bomba realmente grande: Donald Trump está en los archivos de Epstein. Esa es la verdadera razón por la que no se han hecho públicos.”
Pum.
La acusación no fue sólo textual. Musk adjuntó imágenes de archivo: Trump en 1992 bailando en Mar-a-Lago con Jeffrey Epstein y una fila de jovencitas que no sabían bien dónde estaban. La noche americana vista desde el infierno.
En segundos, demócratas, fiscales y medios afilados se abalanzaron como tiburones con hambre. Algunos congresistas, que ya pedían a gritos la publicación completa de los documentos del caso Epstein, encontraron en Musk una munición inesperada.
Mientras tanto, el FBI promete –como si estuviera en Netflix– que pronto difundirá “un video claro como el día” sobre la muerte del financista pedófilo. Pero la trama tiene un hedor inconfundible: el de los secretos sucios que sostienen imperios.
La respuesta de Trump: “Musk está loco”
Desde la Casa Blanca, Trump salió a pegar con furia. Dijo que Musk “se volvió loco” y sugirió que le van a cortar todos los contratos con el gobierno. Lo acusó de haberlo traicionado por puro ego y porque le recortaron beneficios a los autos eléctricos.
Musk respondió con artillería pesada:
“Sin mí, Trump habría perdido las elecciones. Los demócratas controlarían la Cámara y el Senado. Tanta ingratitud.”
Y agregó:
“Ese proyecto de ley fue aprobado en la oscuridad. Nadie lo leyó. Yo jamás lo vi. Esto no es gobierno, es una trampa.”
Como si fuera poco, anunció irónicamente que SpaceX va a comenzar a “desmantelar su nave Dragon inmediatamente”, ante la amenaza de que el gobierno le corte los contratos. La ironía ya es misil.
El remix demócrata: “La noche en que nos conocimos”
Los demócratas no tardaron en meter el dedo en la herida. Publicaron un video en redes con imágenes románticas del pasado Trump–Musk, todo musicalizado con la balada “The night we met”.
“Los tuve a todos y luego a la mayoría, a algunos y ahora a ninguno…”, dice la canción mientras se ven fotos de abrazos, sonrisas cómplices y promesas de un futuro compartido.
No es sólo burla. Es sadismo político.
¿Y ahora quién está con quién?
Trump se queda con los republicanos tradicionales, el lobby petrolero, los fabricantes de autos de combustión y los senadores obedientes. Musk se lanza a la arena como un rebelde multimillonario: ya planteó la idea de fundar un nuevo partido político para representar “al 80% del centro”.
Una tercera fuerza con IA, cohetes, neurochips y criptomonedas. El sueño húmedo del Silicon Valley liberal y paranoico.
Pero también un peligro para ambos partidos si logra captar a esa franja huérfana del votante joven, desencantado y tecnológicamente radicalizado.
Milei: el peluche desinflado
Y mientras los titanes se tiran con expedientes y memes, hay un personaje en la platea que se quedó sin palco, sin vaso de Coca y sin WhatsApp de ninguno de los dos: Javier Milei.
El libertario argentino, que se paseaba por Miami vendiendo humo sobre su amistad con Musk y alardeaba de “alineamiento absoluto” con Trump, hoy no tiene ni el visto en los mensajes.
Musk ya no lo sigue. Trump ya no lo nombra. Ni un retuit, ni un sticker. Solo el silencio incómodo del títere que se queda sin titiriteros.
Milei apostó todas sus fichas a una geopolítica de fantasía, basada en hacerse amigo de los ricos para ver si les caía un bitcoin. Lo miraban con ternura, como quien le da una lapicera a un nene. Hoy ni eso. Lo ven como lo que es: un adorno sin peso, sin recursos, sin contactos. Apenas un ruido.
Conclusión: cuando los gigantes se pelean, los enanos se aplastan entre sus botas.
Musk y Trump seguirán su pelea, reacomodando el tablero de la política global con millones, medios y manipulación de datos. Pero el pobre libertario argento que creía estar jugando en la Champions hoy está solo, en jogging, mirando el partido desde el cable trucho del conurbano.
Milei ya no tiene amigos en el gobierno de Estados Unidos. Ni Trump ni Musk lo llaman. Ni le contestan. Ni lo nombran. Es un mero boludito.
