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Petiteros porteños: cómo era la vida elegante en la Buenos Aires de antaño

Un viaje al pasado glamoroso del norte porteño

Si sos de los que recorren Buenos Aires buscando algo más que fotos para Instagram, si querés entender cómo se vivía realmente en esta ciudad cuando vestir bien era un arte, tomar un café era un ritual y el barrio Norte era el centro neurálgico de lo que se consideraba «la buena vida», entonces esta nota es para vos. Bienvenido al universo de los petiteros, una tribu urbana extinta que marcó a fuego las décadas del ’30, ’40 y ’50 con su estilo, su ideología y sus costumbres. Y cuya cuna estuvo muy cerca de los límites de Palermo.

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El Petit Café: epicentro de la elegancia y la provocación

Ubicado en Santa Fe 1820, justo al borde de Palermo, el Petit Café fue más que una confitería: fue una pasarela de moda, un centro de tertulias políticas, un termómetro social y un espejo del alma porteña más coqueta. Fundado en 1926 por inmigrantes catalanes, ofrecía mármol, bronces, tulipas y columnas: una escenografía refinada donde los jóvenes de clase media-alta buscaban su lugar en el mundo.

Allí nacieron los petiteros, así llamados por su fidelidad al Petit. Eran chicos bien —aunque no siempre de cuna ilustre— que se vestían como dandis, hablaban con afectación (a veces en inglés mal aprendido), y combinaban el blazer azul con el pantalón gris como uniforme de batalla. El peinado gomoso, la camisa con cuello redondo y la traba, y los mocasines con hebilla completaban el look. Seductores, presumidos y algo esnobs, los petiteros fueron la versión porteña del metrosexual avant la lettre.

¿Petiteros o “cajetillas”? El lunfardo y la moda

En el lunfardo porteño, decir petitero era casi lo mismo que decir cajetilla, pituco o fifí. Pero había matices. Mientras el compadrito del sur se hacía fuerte en la calle y en la milonga, el petitero reinaba en los cafés, los salones y las fiestas de la alta sociedad. El suyo era un estilo sin violencia, todo fachada y elegancia.

El tango «Petiteros», con letra de Lipesker y Cammarota, los retrató al dedillo: “Petitero, con pullover y de saco con tajitos… con zapatos mocasines y con camisa de orión”. Si te cuesta imaginarlo, pensá en un joven que no va a la cancha, no baila tango, ni pisa el sur de la ciudad. Vive para los cafés, el bolero, el jazz, el swing, el rugby —aunque no entienda el reglamento— y los perfumes importados.

Santa Fe y Callao: la Meca del buen vestir

Ese cruce de avenidas fue, durante años, la pasarela abierta de los petiteros. Del lado opuesto al Petit estaba la confitería El Águila, el reducto de los más conservadores. Entre uno y otro, se disputaban la hegemonía del estilo, la política y los amores. Ver y ser visto era el objetivo. Las chicas bien miraban desde las vidrieras, esperando una invitación a la mesa.

Pero no era sólo una cuestión de ropa o de moda. En el Petit Café se hablaba de política, de literatura, de viajes. En los años ’40 y ’50, el lugar se convirtió en un verdadero foco de oposición al peronismo. Allí se reunían los “gorilas” de Barrio Norte a quejarse del gobierno. De hecho, en 1953 fue uno de los blancos del incendio masivo de locales opositores tras el atentado en Plaza de Mayo. El Petit fue saqueado y destruido. El fuego no solo quemó un edificio: sepultó una época.

¿Dónde revivir hoy el espíritu petit?

Aunque el Petit Café ya no existe, y la figura del petitero es parte del folklore, todavía podés revivir algo de esa época en tu paseo por Buenos Aires:

  • Santa Fe y Callao: Hoy más transitada que refinada, sigue siendo un hito del turismo urbano. Parate en la vereda, mirá hacia donde estaba el Petit, y dejá que tu imaginación haga el resto.
  • Bar El Águila (reconstruido): Aunque no conserva la estética de antaño, es parte de esa memoria colectiva de los cafés literarios y políticos.
  • Pasaje del Correo: A unas cuadras, sobre Rodríguez Peña, es uno de los rincones donde aún se respira algo de aquella sofisticación silenciosa.
  • Museo del Traje: Para ver cómo se vestía un petitero real, este museo tiene colecciones con indumentaria original de los años ’30 y ’40.

Tips para el turista curioso

  1. Andá vestido para la ocasión: ¿Por qué no probar un look petitero? Blazer azul, mocasines, peinado con gomina. No vas a pasar desapercibido.
  2. Charlá con los viejos del barrio: En alguna confitería de la zona seguro hay algún ex petitero con ganas de contar sus anécdotas. Escuchá y aprendé.
  3. Preguntá por los «años locos» porteños: En museos o en librerías de viejo podés encontrar libros y fotos de esa época.
  4. Caminá de día y de noche: La esquina de Santa Fe y Callao tiene otra energía al anochecer. Ideal para una selfie con historia.
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¿Cómo vestían los Petiteros?
El uniforme del petitero es el blazer azul y el pantalón gris, símil del atuendo de los colegios privados del Barrio Norte, Belgrano, Devoto, San Isidro. En invierno usa sweter celeste o amarillo.

Para algunos fue apenas una moda masculina: ajustados sacos cortos con dos tajitos, solapas breves, tres botones -necesariamente de gabardina beige en verano-, camisas de cuello redondo para traba, y puños para gemelos, zapatos con hebilla y mocasines, todo a medida. Fue la indumentaria de los vanguardistas que militaron en esa pituca tendencia que alborotó a la femenina sociedad porteña de los años cincuenta: se los consideró seductores emblemáticos e invitados imperdibles para las mejores fiestas. Su identidad no se ciñó a la vestimenta, sino a otros perfiles costumbristas encumbrados, aunque los petiteros no fueron originarios de la aristocracia nativa. La vestimenta, los lugares de lucimiento, el copetín, la tertulia y los deportes que eligieron como postas de conquista romántica y reclutamiento para fiestas coincidían con los de cierta alcurnia.


Epílogo: el eco de una Buenos Aires que fue

La figura del petitero no se explica sin entender la Buenos Aires que lo engendró: una ciudad que miraba a París y Nueva York con admiración, que vivía entre cafés y clubes, que creía en las apariencias como símbolo de pertenencia. Hoy, caminar por Palermo, Barrio Norte o Recoleta es también caminar sobre los fantasmas bien vestidos de esa aristocracia de utilería que, sin embargo, dejó su huella.

¿Y vos? ¿Te animarías a tirar manteca al techo como los muchachos del Petit Café?