Yogur natural: sano, fácil de hacer.

Compartí :-) .

Toda mi vida me acompañó el yogur. A veces con mayor frecuencia, otras con largas abstinencias, pero estuvo presente en la heladera de mi casa desde que tengo uso de razón. El yogur natural siempre preparado por mi mamá, en base a un frasquito de «La Vascongada» que muuuy de vez en cuando reponía para renovar el «raubi». Sin otro sabor que el natural que otorgaba la leche entera de la vaca, y que a medida que pasaban las semanas se iba tornando cada vez más ácido. Deliciosamente ácido. De una consistencia envidiable, sin ningún agregado de leche en polvo, ni de gelatina ni de espesantes. Nada. Leche tibia y bacterias de otro yogur cobijados dentro de una gran olla abrigada con una pequeña frazada para que se mantenga calentito.



Así fue como naturalmente estuvo presente en mi mesa. Y en mis comidas. O para untarlo en la tostada con un chorrito de aceite y orégano. O como ingrediente más de una preparación. Era común servir el plato y salsearlo con «laban», como llamaba mi abuela a esta exquisitez, salvo cuando nos tocaba milanesas con papas fritas o fideos con tuco, ahí el yogur quedaba en la heladera. Tan común era para mí esa especial bebida blanca que, cuando vino a cenar por primera vez mi actual marido en época de novios, un muchacho de pura cepa italiana, no salía de su asombro por tan peculiar costumbre. ¿Yogur con la comida? ¿Dónde se vió? ¡Es para la merienda! Ahí caí en la cuenta de que ese hábito no era moneda corriente para la mayoría de las familias, por eso tanta publicidad de las grandes marcas para que sea consumido de la manera en que mejor se aceptara en nuestra cultura: como manjar dulce con sabores amenos a nuestro paladar.

Receta de yogur natural
La receta llegó a mis manos como una leyenda oral transmitida de generación a generación, «vení, ayudame a hacer el laban», «fijate la temperatura de la leche», «tapalo y no lo muevas». De madres a hijas. Sin ningún libro de cocina.
Porque esta delicia surgió accidentalmente, como todo gran invento culinario, allá cuando la humanidad entera era nómade y sin posibilidades de conservar nada. La leche se volvía ácida porque iban actuando sus bacterias bajo un clima mesopotámicamente cálido, tal vez dentro de los mismos sacos de piel de cabra donde se almacenaban, y era un bien que no podían darse el lujo de desecharlo. Así fueron descubriendo sus bondades y la manera de reproducir esa masa semisólida y coagulada, que volvía a obtenerse gracias a los residuos que quedaban en los mismos sacos que se llenaban una y otra vez. Su facilidad de traslado y sus virtudes fueron popularizándose y extendiéndose mientras descubrían que resolvía, además, desórdenes estomacales y problemas de la piel.
El rol del yogur es el generar buena flora dentro del proceso digestivo, pero a la vista y al paladar termina dándole a cualquier alimento bastante cuerpo y una textura cremosa y acidificante. Es usual en las preparaciones indias, griegas y árabes. Ahora, siendo un alimento tan ancestral, no puede ser complicada su elaboración.
Así que les paso la receta del Yogur Natural:

Ingredientes:
– 1 litro de leche (de vaca, de cabra, de oveja, de lo que gustes y consigas, y que la tengas pasteurizada)
– 100 ml de yogur (puede ser de tu misma preparación anterior, o que hayas comprado). A esto mi madre lo llamaba «raubi».

Utensilios necesarios:
– Olla o lechera
– Frascos individuales o frasco grande (opcional)
– Frasquito limpio para guardar el nuevo raubi
– 2 toallones grandes o una frazada pequeña, para envolver los frascos
– Termómetro para líquidos (opcional)

Preparación:
1) Colocá los toallones o la frazada sobre la mesada o la mesa en que vayas a dejar que tu yogur vaya naciendo. Ponele los frascos encima, destapados y bien limpios, listos para llenarlos
2) Calentá la leche hasta 43°C. Podrías dejarla entre 49°C y 35°C, por encima o por debajo las bacterias no se reproducirán. Lo ideal es medirla con termómetro, pero si no tenés, como en mi caso, y si tenés la seguridad de que no te vas a quemar, lo podés medir contando hasta 8 con tu dedo limpio dentro de la leche. Si no lo sentís ni frío ni te quemás, ya estará en temperatura. Pero ojo! Que el que se quema con leche, cuando ve la vaca llora. El dedo no es un método para principiantes en las artes culinarias.
3) Revolvé el raubi y colocalo dentro de la leche, removiendo bien para que se disperse y lo más rápido posible para conservar la temperatura de la leche. No te olvides que si se enfría, las bacterias no se reproducirán.
4) Volcá la leche con el raubi en los frascos, tapalos y envolvelos bien. Dejalos en el mismo sitio descansando y tapados unas 4 a 8 horas, dependiendo de la cantidad
5) Luego pasalos a la heladera para que pare la fermentación y puedas consumirlo bien fresco. Reservá por separado un frasquito de yogur en tu heladera, que será el raubi de tu próxima elaboración.

Saborizando el Yogur

Si te gusta con sabor, al momento de calentar la leche le echás, por ejemplo, una chaucha de vainilla y azúcar a gusto. De esa manera podés especiar tu yogur con lo que quieras, por ejemplo con canela o cualquier aromática de preferencia. En el caso de los frutados, lo mejor es hacerlo con frutas naturales, que se agregan licuadas antes de consumir.

Por Andrea Jatar

Palermonline

Palermonline Noticias info@palermonline.com.ar

error: En que podemos ayudarte?