Amor en la ciudad: entre mitos, filosofía y deseo, ¿qué entendemos hoy por «amor platónico»?
Por Mario José | Palermo Online Noticias
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En Buenos Aires, donde el amor se confunde con el asfalto caliente de una vereda y la mirada en diagonal en un café de Palermo, una vieja pregunta vuelve a circular entre charlas de madrugada: ¿qué es el amor platónico? ¿Una ilusión romántica sin destino físico, o un deseo tan elevado que termina rozando lo eterno?
Si bien solemos usar esa expresión para referirnos a amores idealizados o inalcanzables, la raíz filosófica del término revela una historia mucho más profunda y provocadora. En los banquetes filosóficos de la antigua Grecia, donde se hablaba de vino, cuerpos y almas con la misma soltura, Platón dejó en claro que el Eros que él defendía no era ni vulgar ni ascético, sino un deseo que se eleva desde lo sensible hacia la contemplación de la Belleza en sí misma. Un amor que busca crecer, no consumirse.
Banquete en la ciudad: cuando el amor dejó afuera a Dionisio
En su célebre Banquete (o Symposium), Platón organiza un convite tan teatral como filosófico. Allí, un grupo de amigos —entre ellos el siempre inquietante Sócrates— se reúne en casa del joven y bello Agatón para celebrar su triunfo literario. Pero, en lugar de sumirse en las habituales bacanales dionisíacas, deciden apartar a los músicos y moderar el vino. ¿El plan? Hablar de Eros, el amor, ese dios escurridizo que ronda todas las esquinas.
El gesto es clave: se rechaza el frenesí de Dionisio para abrir paso a un Eros más sobrio, introspectivo, reflexivo. Un Eros que no busca únicamente el cuerpo del otro, sino también su alma, su crecimiento, su transformación.
¿Suena a algo posible en una ciudad como Buenos Aires, donde los vínculos muchas veces se disuelven antes del segundo café? Sigamos escuchando lo que los griegos tenían para decir.
Siete visiones del amor: del deseo ardiente al alma filosófica
La conversación transcurre entre siete discursos. El primero, a cargo de Fedro, identifica a Eros como el más antiguo de los dioses y fuente de valor. “¿Qué no haría alguien por amor?”, pregunta. Su visión es pasional, heroica, un tanto adolescente.
Luego habla Pausanias, quien introduce una distinción clave: hay un Eros vulgar, carnal y egoísta, pero también un Eros celeste, que busca el bien del alma. La ciudad griega, sugiere, tolera ambos tipos, pero premia el segundo. Hoy podríamos preguntarnos: ¿cómo distingue el algoritmo de una app entre uno y otro?
Le sigue Erixímaco, médico de oficio, quien lleva la discusión al plano de la armonía universal. El amor, dice, no es sólo humano; rige todo: desde los cuerpos hasta las estaciones. Hay un Eros bueno, equilibrado, y otro desmedido y destructivo. El primero construye. El segundo quema.
El cuarto en hablar es el comediante Aristófanes, que deja una imagen inolvidable: los humanos, dice, eran originalmente seres esféricos, con dos cabezas y cuatro brazos, que fueron divididos por Zeus. Desde entonces, buscamos desesperadamente a nuestra «otra mitad». ¿No resuena, acaso, con esa angustia contemporánea de no encontrar a alguien que “nos complete”?
Luego toma la palabra Agatón, el anfitrión. Su discurso es bello pero superficial. Eros es joven, justo, deseable. El suspiro de un poeta más que la tesis de un filósofo.
Entonces interviene Sócrates, quien, apelando a una misteriosa sacerdotisa llamada Diotima, cambia las reglas del juego: Eros no es ni un dios poderoso ni un sentimiento noble, sino un daimon, un ser intermedio entre humanos y dioses. Es hijo de la Carencia (Penia) y del Recurso (Poros). Desea lo que no tiene, pero sabe cómo alcanzarlo.
Según Diotima, el verdadero amante no se detiene en un cuerpo hermoso: sube escalones. Primero ama cuerpos bellos, luego almas bellas, después leyes, ideas… hasta alcanzar la Belleza misma. No la belleza «de alguien», sino la Belleza en sí. Una especie de éxtasis intelectual que sublima la pasión sin negarla.
Alcibíades entra en escena: ¿y si Platón hablaba de sí mismo?
Cuando la cosa ya parecía cerrada, entra en escena Alcibíades, ebrio y sin filtros. Trae de nuevo el espíritu de Dionisio al salón, pero también algo más valioso: su confesión. Estuvo enamorado de Sócrates, intentó seducirlo, incluso se metió en su cama. Pero Sócrates, estoico y dueño de sí, no cedió. Lo trató como a un hermano.
La anécdota, contada con humor y dolor, revela que el amor platónico no es ausencia de deseo, sino control del mismo. No se trata de reprimir, sino de gobernar el deseo para transformarlo en crecimiento personal y filosófico. El amor no es esclavitud, sino impulso hacia lo mejor.
¿Se imaginan hoy una relación así? ¿Un amor que, lejos de consumirse, encienda el pensamiento? ¿Un vínculo que no anule el deseo, pero lo canalice hacia una vida más plena?
¿Qué es el amor platónico en Buenos Aires?
Lejos de la confusión habitual, el «amor platónico» no es —como muchos creen— un amor imposible o sin sexo. Tampoco es una ilusión adolescente ni un deseo cursi que nunca se concreta. Es un ejercicio de transformación: del deseo bruto al deseo inteligente; del impulso al arte de amar.
En la ciudad, ese amor puede aparecer en los lugares menos pensados: una conversación nocturna en Plaza Armenia, un cruce de miradas en la línea D, o incluso un ex que, con el tiempo, se convierte en alguien que te ayudó a crecer.
Porque, en definitiva, el Eros platónico no niega lo corporal, lo físico, lo sensible. Solo pide que eso no sea el final del camino, sino el inicio de un ascenso. Como dice el Timeo, la armonía entre cuerpo y alma es parte de la salud. Y Platón, lejos de ser un moralista rígido, defiende una filosofía que incluye la música, la gimnasia y el placer moderado como parte de la vida buena.
¿Y vos, cómo amás?
¿Tu amor te hace crecer? ¿Te empuja hacia algo más alto? ¿O te consume y te deja vacío? ¿Buscás tu otra mitad como si estuvieras incompleto, o amás desde la plenitud?
Quizás el Eros platónico siga vagando por las calles de Buenos Aires, disfrazado de conversación, de ternura silenciosa, de una mano que no se suelta. Tal vez no sea una utopía, sino una forma distinta de estar con otro.
Desde Palermo Online Noticias, te invitamos a pensar los vínculos con más profundidad, y si te animás, contanos tu historia. Escribinos y seguí leyendo sobre filosofía, ciudad y amor.
