El Parque Tres de Febrero no nació como un simple espacio verde. Nació como una declaración política. Fue creado sobre tierras vinculadas a Juan Manuel de Rosas, después de la batalla de Caseros, y fue impulsado por Domingo Faustino Sarmiento mediante la ley 658 de 1874. Su inauguración oficial se realizó el 11 de noviembre de 1875, durante la presidencia de Nicolás Avellaneda.
Pero hay una pregunta que Palermo todavía puede hacerse: ¿qué mensaje había detrás de sus antiguos portones monumentales?
Los Portones de Palermo, diseñados por el arquitecto Jules Dormal, tomaban como referencia formal el Arco de Tito de Roma, uno de los monumentos más cargados de simbolismo del mundo antiguo. Ese arco romano conmemora la victoria de Tito sobre Jerusalén en el año 70, la destrucción del Segundo Templo y el saqueo de sus objetos sagrados, entre ellos la menorá, representada en sus relieves.
Para Roma fue un arco de triunfo. Para el pueblo judío, la imagen de una derrota histórica.
Entonces la pregunta queda servida, incómoda y necesaria: ¿por qué la Buenos Aires liberal, moderna, europeizante y conservadora del siglo XIX eligió un modelo arquitectónico asociado a una conquista imperial y a la destrucción de Jerusalén?
No se puede afirmar, sin documentos, que Sarmiento, Avellaneda, Dormal, Bollini o Thays hayan querido hacer un gesto antisemita. Eso sería forzar la historia. Pero tampoco hay que hacerse los distraídos: los íconos hablan. Y cuando el poder elige una forma, rara vez la elige porque sí.
En aquellos años, Europa atravesaba un clima cada vez más hostil hacia los judíos. El antisemitismo moderno, ya no solo religioso sino también político y racial, crecía con fuerza. En Francia, el Caso Dreyfus, iniciado en 1894, mostró hasta qué punto una república moderna podía acusar y condenar injustamente a un oficial judío en medio de una ola nacionalista y antisemita. Ese episodio impactó profundamente en Theodor Herzl y fue uno de los motores del Primer Congreso Sionista de 1897.
Buenos Aires miraba a Europa como modelo. Importaba arquitectos, jardines, esculturas, avenidas, ideas de progreso y también, aunque muchas veces sin decirlo, sus sombras. El Parque Tres de Febrero fue parte de ese sueño de “civilización”: borrar el pasado rosista, ordenar el territorio, abrir grandes paseos públicos, domesticar la naturaleza y construir una capital con lenguaje europeo.
Los portones, entonces, no eran apenas una entrada. Eran una frase de piedra: acá empieza otro país.
La sospecha periodística no consiste en condenar sin pruebas. Consiste en mirar donde otros pasan de largo. ¿Sabían quienes diseñaron aquellos portones qué significaba el Arco de Tito para la memoria judía? ¿Lo eligieron solo como modelo clásico? ¿O el arco triunfal, como forma imperial, servía perfecto para celebrar otra derrota: la de Rosas, la de una Argentina anterior, la de un orden vencido?
Tal vez la respuesta esté en el espíritu de época. Una dirigencia que hablaba de progreso, pero construía poder. Una élite que abría parques, pero también decidía qué memorias debían quedar de pie y cuáles debían ser enterradas bajo el mármol, el bronce y la jardinería francesa.
Quiénes fueron los protagonistas
Domingo Faustino Sarmiento
Nació en San Juan en 1811 y murió en Asunción del Paraguay en 1888. Fue maestro, escritor, periodista, militar, político y presidente argentino entre 1868 y 1874. Impulsó la educación pública, la modernización del Estado y la creación del Parque Tres de Febrero. Su monumento más famoso en Palermo es la escultura realizada por Auguste Rodin, emplazada en el Parque Tres de Febrero, en la zona de Plaza Sicilia.
Nicolás Avellaneda
Nació en Tucumán en 1837 y murió en 1885. Fue presidente entre 1874 y 1880. Durante su gobierno se inauguró oficialmente el Parque Tres de Febrero. Fue una figura clave de la inmigración, la universidad pública y la federalización de Buenos Aires. Su monumento en la Ciudad de Buenos Aires se encuentra en el Parque Tres de Febrero, Plaza Holanda, y es Monumento Histórico Nacional.
Jules Dormal
Arquitecto belga radicado en la Argentina. Fue una figura central de la arquitectura académica de fines del siglo XIX. Se lo vincula con el diseño de los antiguos Portones de Palermo, inspirados en el Arco de Tito, dentro del plan inicial del Parque Tres de Febrero.
Carlos Thays
Nació en París en 1849 y murió en Buenos Aires en 1934. Llegó a la Argentina en 1889 y fue director de Parques y Paseos. No fue el creador original del Parque Tres de Febrero, pero transformó profundamente Palermo y diseñó el Jardín Botánico. Su busto se encuentra dentro del Jardín Botánico Carlos Thays, obra de Alberto Lagos, emplazado allí oficialmente en 1957.
Francisco Bollini
Nació en Buenos Aires en 1845 y murió en 1921. Fue arquitecto e intendente porteño. Durante su gestión, Carlos Thays presentó en 1892 el proyecto para crear el Jardín Botánico de aclimatación, aprobado ese mismo año.
El antisemitismo moderno: las ideas que crecían en Europa mientras Buenos Aires construía el Parque Tres de Febrero
Entre 1870 y 1900, Europa atravesó una profunda transformación política, económica y social. Mientras Buenos Aires levantaba grandes parques, avenidas y monumentos inspirados en las capitales europeas, en el Viejo Continente comenzaban a consolidarse corrientes ideológicas que cambiarían dramáticamente la historia del siglo XX.
Hasta mediados del siglo XIX, la hostilidad hacia los judíos había sido principalmente de carácter religioso. Sin embargo, hacia 1879 surgió una nueva corriente que transformó ese rechazo en una teoría política y racial. El periodista alemán Wilhelm Marr acuñó el término «antisemitismo» y sostuvo que existía un supuesto conflicto entre los pueblos germánicos y los judíos. Ya no se trataba de una cuestión de fe, sino de una ideología que presentaba a los judíos como un grupo imposible de integrar a la nación.
En Alemania también ganó notoriedad el pastor y político Adolf Stoecker, quien fundó el Partido Cristiano Social. Su discurso mezclaba nacionalismo, conservadurismo y antisemitismo, responsabilizando a los judíos de muchos de los problemas económicos y sociales que atravesaba el país. Era una estrategia política que buscaba captar el apoyo de sectores populares ofreciendo un enemigo común.
En Francia, el periodista Édouard Drumont publicó en 1886 el libro La France juive («La Francia judía»), que se convirtió en un enorme éxito editorial. En sus páginas acusaba a los judíos de controlar la economía, la banca y la política francesa. Sus ideas alimentaron un clima de desconfianza que pocos años después estallaría con el famoso Caso Dreyfus.
En Austria, el dirigente Karl Lueger, elegido alcalde de Viena en 1897, construyó buena parte de su carrera política utilizando discursos antisemitas. Paradójicamente, gobernaba una de las ciudades con mayor desarrollo cultural y científico de Europa, donde la comunidad judía tenía una destacada participación en la medicina, el comercio, la música y las universidades.
Mientras tanto, en el Imperio ruso la situación era mucho más violenta. Tras el asesinato del zar Alejandro II en 1881 comenzaron los pogromos, ataques organizados contra comunidades judías que provocaron asesinatos, saqueos y la destrucción de miles de viviendas. Como consecuencia de esa persecución, cerca de dos millones de judíos emigraron entre 1881 y 1914 hacia Estados Unidos, Canadá, Sudamérica y otros destinos.
Uno de los episodios que marcó un antes y un después fue el Caso Dreyfus. En 1894, el capitán francés Alfred Dreyfus, de origen judío, fue acusado falsamente de traición y condenado en un proceso plagado de irregularidades. El escándalo dividió a Francia durante años y dejó al descubierto hasta qué punto el antisemitismo había penetrado en instituciones consideradas modernas y republicanas.
Ese mismo proceso impactó profundamente en el periodista austrohúngaro Theodor Herzl, quien cubrió el caso como corresponsal. Convencido de que los judíos necesitaban un Estado propio para garantizar su seguridad, convocó en 1897 al Primer Congreso Sionista, realizado en Basilea, Suiza. Allí nació formalmente el movimiento sionista moderno, que décadas más tarde conduciría a la creación del Estado de Israel en 1948.
Los historiadores coinciden en que el crecimiento del antisemitismo moderno respondió a una combinación de factores: el auge del nacionalismo, las crisis económicas posteriores a 1873, la difusión de teorías raciales hoy completamente desacreditadas, la competencia económica y profesional en las grandes ciudades y el uso político de la búsqueda de «chivos expiatorios» para explicar problemas sociales complejos.
En la Argentina de la Generación del 80 el contexto fue diferente. La Constitución Nacional garantizaba la libertad de cultos y el Estado promovía activamente la inmigración europea. A partir de 1889 comenzaron a llegar miles de familias judías provenientes del Imperio ruso y, en 1891, el filántropo Barón Maurice de Hirsch creó la Jewish Colonization Association, impulsando colonias agrícolas en Entre Ríos, Santa Fe, Buenos Aires y La Pampa.
¿Qué ocurrió con el tesoro del Templo de Jerusalén? El destino del mayor botín de guerra de Roma
Cuando las legiones romanas comandadas por Tito conquistaron Jerusalén en el año 70 d.C., no solo destruyeron el Segundo Templo: también se apoderaron de uno de los mayores tesoros religiosos y económicos del mundo antiguo. Según el historiador judío Flavio Josefo, el botín incluía enormes cantidades de oro y plata, la célebre menorá de siete brazos, la Mesa de los Panes de la Proposición, trompetas ceremoniales, recipientes sagrados y otros objetos utilizados en el culto judío. Parte de ese tesoro fue exhibido públicamente durante el desfile triunfal celebrado en Roma en el año 71 d.C., una escena inmortalizada en los relieves del Arco de Tito.
Los objetos más valiosos fueron depositados en el Templo de la Paz (Templum Pacis), inaugurado por el emperador Vespasiano en el año 75 d.C. Allí permanecieron expuestos como trofeos de guerra para demostrar el poder de Roma sobre Judea. Sin embargo, otros bienes fueron fundidos, vendidos o incorporados directamente al tesoro imperial para financiar obras públicas y consolidar a la nueva dinastía Flavia.
Diversos estudios sostienen que una parte muy importante de ese inmenso botín permitió financiar la construcción del Anfiteatro Flavio, conocido mundialmente como el Coliseo de Roma. Una inscripción antigua del propio monumento indica que fue levantado ex manubiis («con los despojos de guerra»), y numerosos historiadores consideran que esos recursos provinieron principalmente del saqueo de Jerusalén. Si bien no puede afirmarse que cada piedra del Coliseo haya sido pagada exclusivamente con el tesoro del Templo, existe un amplio consenso académico en que la riqueza obtenida tras la campaña de Judea fue una fuente decisiva de financiación para la obra.
La victoria romana también tuvo consecuencias económicas permanentes para los judíos del Imperio. El emperador Vespasiano creó el Fiscus Judaicus, un impuesto obligatorio que reemplazó el tradicional tributo destinado al Templo de Jerusalén. A partir de entonces, ese dinero dejó de sostener el culto judío y pasó a financiar el mantenimiento del Templo de Júpiter Capitolino en Roma, convirtiéndose en un símbolo de la dominación imperial sobre el pueblo derrotado.
De este modo, el Arco de Tito no solo recuerda una victoria militar. También representa el traslado de una enorme riqueza desde Jerusalén hacia Roma, riqueza que ayudó a financiar monumentos, obras públicas y el fortalecimiento político de la dinastía Flavia, mientras el pueblo judío perdía su principal centro religioso y comenzaba una diáspora que marcaría su historia durante casi dos mil años.
Aclaración histórica: el Arco de Tito y el Coliseo no representan lo mismo
En los últimos años se difundió la idea de que la religión judía prohíbe ingresar al Coliseo Romano. Sin embargo, esa afirmación no es correcta. No existe una norma general del judaísmo que impida visitar el Coliseo, y cada año miles de turistas judíos, tanto religiosos como laicos, recorren ese monumento sin restricciones religiosas.
La confusión proviene del Arco de Tito, ubicado en el Foro Romano. Ese monumento fue construido hacia el año 81 d.C. para celebrar la victoria del emperador Tito sobre Jerusalén y la destrucción del Segundo Templo en el año 70 d.C. Sus relieves muestran a los soldados romanos trasladando la menorá de siete brazos y otros objetos sagrados saqueados del Templo.
Durante siglos, muchos judíos de Roma mantuvieron la tradición de no pasar por debajo del Arco de Tito, como una forma de recordar la tragedia nacional que significó la destrucción de Jerusalén y el comienzo de la diáspora. No era una prohibición religiosa universal, sino una costumbre cargada de significado histórico y espiritual.
Con la creación del Estado de Israel en 1948 y la evolución del diálogo entre comunidades, esa tradición comenzó a modificarse. En distintas ocasiones, representantes de la comunidad judía realizaron pasos simbólicos bajo el arco como una manera de expresar que el pueblo judío había sobrevivido a aquella derrota y mantenía viva su identidad.
El Coliseo, por su parte, tiene otra historia. Si bien muchos historiadores consideran que parte de su construcción fue financiada con el botín obtenido tras la conquista de Jerusalén, el edificio no fue objeto de una prohibición religiosa comparable a la tradición vinculada con el Arco de Tito. Por eso, al analizar los símbolos de la antigua Roma, resulta importante distinguir entre ambos monumentos y comprender el significado histórico específico de cada uno.
Preguntas para los lectores
Sin embargo, la pregunta histórica sigue siendo válida. Buenos Aires adoptó con entusiasmo la arquitectura, el urbanismo y buena parte del imaginario cultural europeo. ¿Hasta qué punto esa admiración se limitó a los estilos arquitectónicos? ¿Conocían quienes diseñaban monumentos y espacios públicos el significado histórico de símbolos como el Arco de Tito? La documentación disponible no permite responder afirmativamente, pero sí invita a reflexionar sobre cómo los monumentos, además de embellecer una ciudad, también transmiten ideas, valores y memorias que cambian de significado con el paso del tiempo.
¿Los antiguos Portones de Palermo fueron solo una moda arquitectónica europea o escondían un mensaje político más profundo?
¿Puede un arco inspirado en el triunfo romano sobre Jerusalén ser leído hoy de otra manera?
¿Los monumentos de Buenos Aires decoran la ciudad o también nos cuentan quiénes ganaron, quiénes perdieron y quiénes escribieron la historia?
