En la Argentina siempre existió una diferencia brutal entre los hombres que se jugaron la vida por una idea y los funcionarios que apenas sobreviven al rating de las redes sociales. De un lado estuvo José de San Martín, el hombre que cruzó los Andes con soldados hambrientos, mulas congeladas y un sueño continental. Del otro lado aparece Manuel Adorni, vocero del gobierno de Javier Milei, especialista en conferencias filosas, sarcasmos televisivos y frases que duran menos que una factura en la economía argentina.
La comparación ni siquiera debería existir. Pero la época empuja estas rarezas. Porque cuando un país entra en crisis moral, cultural y económica, empiezan a mezclarse los próceres con los panelistas. Y ahí aparece el problema: la política deja de formar estadistas y empieza a fabricar operadores de cámara.
José de San Martín nació en Yapeyú en 1778 y combatió media vida en Europa antes de regresar al Río de la Plata para liberar América. Fue gobernador de Cuyo, creó el Ejército de los Andes, cruzó la cordillera y encabezó las campañas de independencia de Argentina, Chile y Perú.
Manuel Adorni, en cambio, quedará registrado como el funcionario que convirtió las conferencias de prensa en un streaming permanente, donde la ironía reemplazó a la profundidad política y donde la agresividad verbal pasó a ser una política de Estado.
San Martín organizaba ejércitos.
Adorni organiza hashtags.
San Martín dormía entre cañones y barro.
Adorni vive entre estudios de televisión y celulares encendidos.
San Martín renunció al poder cuando entendió que la patria estaba por encima de su figura.
Adorni parece incapaz de abandonar el protagonismo mediático aunque el barco haga agua por todos lados.
Mientras el Libertador rechazaba honores, regalos y fortunas después de liberar medio continente, hoy la Justicia investiga a Adorni por supuesto enriquecimiento ilícito, vínculos con contratos en medios públicos y gastos incompatibles con sus ingresos declarados.
Y ahí aparece el contraste más doloroso.
San Martín terminó sus días prácticamente exiliado, lejos de su tierra, sin hacerse millonario con la política, sin custodias absurdas ni marketing personal. Adorni, en cambio, representa esa nueva generación de funcionarios que parecen construidos por un algoritmo de redes sociales: rápidos para contestar, veloces para atacar y livianos para gobernar.
Porque gobernar no es tuitear.
Gobernar no es humillar periodistas.
Gobernar no es festejar despidos como si fueran goles en el Monumental.
La Argentina está llena de tipos brillantes para hablar cinco minutos y completamente inútiles para sostener un país durante cinco años. Ahí está el drama contemporáneo.
San Martín entendía algo elemental: la autoridad no se gritaba, se construía. Por eso podía mirar a los ojos a Belgrano, a O’Higgins o a Bolívar. Había cruzado montañas reales. No decorados digitales.
Hoy la política argentina fabrica personajes que parecen salidos de un casting permanente. Todo debe ser viralizable. Todo debe transformarse en clip. Todo debe producir odio inmediato. El problema es que mientras el funcionario actúa, la inflación sigue, los salarios se pulverizan y los jubilados cuentan monedas para comprar medicamentos.
Adorni funciona como una plomada colgando del tobillo político de Javier Milei. Cada conferencia agresiva, cada frase sobradora y cada escándalo judicial empiezan a pesar como un yunque oxidado arrastrando al gobierno hacia el fondo del Atlántico Sur.
Y Milei, que llegó prometiendo dinamitar la vieja política, terminó abrazado a muchos de sus peores vicios: culto a la personalidad, propaganda permanente, obsesión por enemigos imaginarios y un ejército digital dedicado a destruir cualquier crítica.
San Martín jamás necesitó trolls.
Necesitó coraje.
El Libertador cruzó los Andes con hombres descalzos mientras la mitad del continente creía que estaba loco. No buscaba trending topics. Buscaba independencia. Y cuando terminó su misión, se retiró. Sin cadenas nacionales. Sin merchandising. Sin entrevistas eternas.
En cambio, la política moderna parece necesitar cámaras las 24 horas para ocultar el vacío conceptual. Mucho ruido. Poca épica verdadera.
La tragedia argentina no es solamente económica. Es moral. Se reemplazó el ejemplo por el acting. La austeridad por el espectáculo. El sacrificio por el personaje.
San Martín entendía el peso histórico de cada decisión. Hoy muchos funcionarios apenas entienden el peso de una tendencia en Twitter.
Y sin embargo, el viejo general sigue vivo en algo que todavía incomoda a la Argentina moderna: el honor. Una palabra antigua. Oxidada para algunos. Pero imposible de reemplazar.
Porque al final del camino, los pueblos recuerdan distinto a los hombres que construyen que a los hombres que comentan.
Uno liberó naciones.
El otro da conferencias.
Y la historia, tarde o temprano, acomoda a cada uno en el lugar que le corresponde.
