Héctor Jesús Guerrero, Cabo Primero de Gendarmería nunca pidió perdón lo que lo transforma en cobarde delincuente.
El silencio de los cobardes
Hay hombres que nacen con el uniforme, y otros que lo manchan apenas lo rozan. El Cabo Primero Héctor Jesús Guerrero, ese que disparó horizontalmente una granada de gas a la cabeza del fotógrafo Pablo Grillo, no solo violó los protocolos de su fuerza: violó los principios básicos de humanidad y moral cristiana. Y peor aún, calla. Se esconde. No pide perdón. No se hace cargo. Como si la omisión pudiera lavar la sangre ajena que ya lo cubre.
¿Y su familia? ¿Dónde están? ¿No hay madre, padre, pareja, hermano o hijo que le diga que está actuando como una porquería de ser humano? ¿Que el valor de un hombre se mide también en su capacidad de mirar al otro a los ojos y decir: “me equivoqué”? ¿No hay nadie en su entorno que le recuerde que el arrepentimiento es un pilar de cualquier vida digna, ya no digamos cristiana, sino simplemente humana?
Guerrero no solo fue un mal gendarme. Fue, y es, un mal cristiano, y eso —en este país donde se nos llenan la boca de Dios y Patria— lo define con una crudeza irreversible. Porque el que daña y no pide perdón no solo fracasa como servidor público: fracasa como hombre.
Y a vos, Patricia Bullrich, que te encanta rodearte de estos “valientes”, te pregunto: ¿qué vas a hacer cuando ya no sirvan más ni para justificar una represión? ¿También vas a olvidarlos? ¿También los vas a tirar al tacho como sobras de campaña?
La historia no se escribe con granadas. Se escribe con memoria, con justicia y con perdón. Y vos, Guerrero, no vas a tener ninguna de esas tres.
En un país donde la represión suele marchar de civil, esta vez las botas retumbaron con nombre y apellido: Héctor Jesús Guerrero, Cabo Primero de Gendarmería, señalado como el autor del disparo que casi mata al reportero gráfico Pablo Grillo durante la brutal represión del 12 de marzo contra una marcha de jubilados. Sí, jubilados. Y sí, un fotógrafo, no un encapuchado con Molotov.
El Juzgado Federal N°1, comandado por la jueza María Servini, acaba de pedir a Gendarmería que en 48 horas entregue el legajo completo del agente Guerrero. También exigió la identificación de otro efectivo cuyo casco rezaba la inscripción “Picha”. Al parecer, el escuadrón antidisturbios tiene más apodos que reglamentos.
Pero lo que arde como gas lacrimógeno en los ojos es la ausencia de disculpas públicas del gendarme. Nada. Ni un “lo lamento”. El silencio como estrategia de defensa, pero también como muestra brutal de impunidad. No estamos ante un accidente fortuito: según documentó el colectivo Mapa de la Policía, el disparo fue horizontal, prohibido por todos los manuales. Una violación flagrante de protocolo, como tantas veces en la historia argentina reciente.
¿Y Patricia Bullrich? Bien, gracias. Dijo que pidió sanciones internas, pero la única prueba que existe es su palabra, algo que en estos tiempos vale menos que una promesa electoral en campaña. Ni una visita al hospital, ni una condena pública, ni siquiera un gesto político simbólico. ¿Dónde quedó esa Bullrich que vociferaba “orden y ley”? Parece que el “orden” solo se aplica cuando se reprimen pobres y el “perdón” no figura en el glosario libertario.
Mientras tanto, Grillo sigue internado, con lesiones severas en la cabeza, en el Hospital Ramos Mejía. Su historia clínica fue pedida para ser analizada por el Cuerpo Médico Forense, y su recuperación es incierta. ¿Qué delito cometió? Cubrir una manifestación. Fotografiar el caos. Ser testigo incómodo.
La investigación avanza con pruebas determinantes: fotos en alta resolución, análisis de uniformes, peritajes independientes y la presión de organizaciones como el CELS y Correpi. Pero también con la certeza amarga de que, si no hay condena política, difícilmente llegue una judicial.
Este no es un caso aislado. Es un síntoma. Y como tal, exige respuestas claras. Que Bullrich deje de lavarse las manos con comunicados vacíos. Que Guerrero dé la cara. Y que la sociedad entera, alguna vez, pueda decir con dignidad: “Esto no se repite más”.
Analogía: Los soldados del olvido y la ministra del trago fácil
El Cabo Guerrero y el gendarme argentino preso en Venezuela son dos nombres distintos, pero el mismo destino: carne de cañón del Estado argentino, abandonados por la misma mano que los mandó al frente. Y esa mano, no lo olvidemos, sostiene una copa.
Ambos agentes —uno en una calle porteña disparando una granada prohibida, otro en una cárcel extranjera sobreviviendo sin apoyo consular— son símbolos del descarte sistemático. Cumplieron órdenes, actuaron en nombre del «orden» que vende Patricia Bullrich en cada spot, y cuando el costo político apareció, los tiraron por la borda como botellas vacías en un brindis de campaña.
Guerrero, hoy expuesto por la Justicia, no recibió ni una palabra pública de respaldo ni una invitación a asumir su responsabilidad. Silencio. Indiferencia. Aislamiento. El gendarme encerrado en Venezuela, olvidado por Cancillería y por la propia ministra, clama desde hace meses por asistencia. Nadie le contesta. Ni siquiera ella, que tanto le gusta hablar de «la Patria».
Ambos son peones sacrificables del relato de la seguridad, piezas funcionales al show del garrote pero desechables en la tragedia del después. No son héroes ni villanos: son engranajes rotos de un sistema hipócrita, que premia el uso de la fuerza y castiga la consecuencia.
Bullrich, mientras tanto, se desliza en los pasillos del poder con esa torpeza alcohólica de quien ya no distingue entre un discurso y un delirio, prometiendo «mano dura» mientras se le escapan los muertos, los presos, los heridos y los olvidados.
Que quede claro: no estamos defendiendo la represión ni justificando la violencia estatal. Pero sí denunciando el cinismo brutal de quien los manda a reprimir y luego finge no conocerlos cuando explota el escándalo.
Guerrero y el gendarme preso no son mártires, son víctimas colaterales del cinismo político. Y en esa trinchera del olvido, ni siquiera les dejaron un trago para brindar.
¿Cuántas granadas más vamos a necesitar para entender que el enemigo nunca fue el fotógrafo?
