El cine argentino volvió a defender su lugar en la cultura nacional
Mientras las plataformas globales avanzan como locomotoras digitales y el debate sobre el financiamiento cultural sigue cruzando la Avenida de Mayo como un viento frío de otoño, la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas de la Argentina decidió plantar bandera. En el Teatro General San Martín, entre abrazos, diplomas y recuerdos de películas que ya forman parte de la memoria colectiva, se celebró la previa de los XX Premios Sur, una ceremonia que funcionó mucho más como una declaración cultural que como un simple evento de gala.
La jornada reunió a actores, directores, productores, técnicos y referentes históricos de la industria audiovisual argentina. El encuentro fue conducido por Eleonora Wexler y Peto Menahem, y coincidió además con el Día del Cine Nacional, una fecha que siempre obliga a mirar hacia atrás para entender cuánto del país quedó guardado en las películas argentinas. Porque el cine local nunca fue solamente entretenimiento: fue archivo emocional, documento político y espejo social.
En medio de un contexto económico áspero para la producción audiovisual, la Academia aprovechó el encuentro para reafirmar públicamente la importancia del cine argentino como industria y como patrimonio cultural. Hubo algo de resistencia elegante en el ambiente. Como esos viejos cafés de Corrientes que sobreviven rodeados de franquicias luminosas. El mensaje parecía claro: el cine argentino todavía respira, todavía pelea y todavía quiere contar historias propias.
Uno de los momentos más emotivos de la ceremonia fue el homenaje a Carlos Sorín por los cuarenta años de La película del rey, una obra fundamental para entender cierta identidad del cine nacional de los años ochenta. El reconocimiento fue entregado por Sabrina Farji, vicepresidenta primera de la Academia, quien destacó la importancia histórica de aquella película en el contexto cultural actual. Sorín, visiblemente conmovido, aseguró que ese reconocimiento era “el más importante de su vida”, incluso cuatro décadas después del estreno, porque aquella obra había significado abandonar definitivamente el mundo publicitario para dedicarse por completo al cine.
La escena tuvo aroma a cine clásico argentino. Un director veterano emocionado, un teatro histórico, artistas jóvenes escuchando atentos y una frase que quedó flotando como una lección de oficio. La productora Leticia Cristi recordó una anécdota de sus primeros pasos laborales junto a Sorín, cuando accidentalmente borró una edición importante y el director le respondió con una frase simple pero demoledora: “Solo se equivocan los que hacen”. En una industria golpeada por recortes, incertidumbre y crisis recurrentes, la frase pareció funcionar como una síntesis involuntaria del espíritu cinematográfico argentino.
La Academia también aprovechó el encuentro para anunciar nuevas iniciativas destinadas al fortalecimiento federal e internacional del sector audiovisual. Entre ellas apareció el Programa de Apoyo a la Movilidad Internacional, pensado para ayudar a profesionales argentinos que participan en festivales y mercados internacionales. Fueron distinguidos proyectos como Los chicos de enfrente, La Linda, Los amigos de mis papás y Pobre Daniel, seleccionados por un jurado especializado.
Además, se confirmó la puesta en marcha del Laboratorio IMPULSAR, un programa federal desarrollado junto al Fondo Netflix para el Desarrollo de las Habilidades y la Industria Audiovisual. Participarán realizadores y productores de distintas provincias argentinas, incluyendo Buenos Aires, Córdoba, Mendoza, Santa Fe, Tucumán y La Rioja. El anuncio dejó una postal interesante para analizar: mientras muchos sectores del cine mantienen una relación tensa con las grandes plataformas, también entienden que la supervivencia del audiovisual moderno exige negociar con las nuevas reglas del juego.
Hernán Findling, presidente de la Academia, resumió el espíritu de la jornada con una frase que resonó fuerte dentro del San Martín: “En un contexto que nos desafía como industria, creemos profundamente en la relevancia de generar espacios de encuentro, reconocimiento y construcción colectiva”. Y ahí aparece quizás el verdadero núcleo de esta historia. El cine argentino siempre sobrevivió más por obstinación que por comodidad. Desde Leonardo Favio hasta Lucrecia Martel, desde Pino Solanas hasta Damián Szifron, cada generación filmó contra algo: contra la censura, contra la falta de presupuesto, contra la indiferencia o contra la crisis económica de turno.
Los Premios Sur llegan así a sus veinte años convertidos en una especie de termómetro cultural argentino. Porque detrás de cada nominación no solamente hay películas: hay trabajadores, técnicos, vestuaristas, sonidistas, iluminadores y cientos de personas que siguen defendiendo un oficio artesanal en plena era del contenido automático y del algoritmo voraz.
La gala oficial de los XX Premios Sur se realizará el próximo 2 de junio con apoyo del Gobierno de la Ciudad y transmisión vinculada a TNT y HBO Max. Y aunque algunos todavía insistan en decretar la muerte del cine argentino cada dos años, lo cierto es que la industria audiovisual nacional sigue encontrando maneras de reinventarse. Medio golpeada, medio romántica, medio quijotesca. Muy argentina.
