Rosmery Maturana

Rosmery Maturana

La mujer que pasó de elegir corbatas a quedar atrapada en el escándalo político más incómodo del mileísmo

La Argentina entró hace rato en esa Buenos Aires nocturna y decadente que Luca Prodan describía entre humo, ironía y resaca emocional. “La rubia tarada, bronceada, aburrida”, cantaba el líder de Sumo en los años 80 mientras retrataba un país fascinado por la televisión, la frivolidad y el espectáculo permanente. Cuarenta años después, aquella postal parece haber mutado en versión libertaria: chats filtrados, audios íntimos, operadores de redes, romances mediáticos y una política convertida en un backstage eterno donde nadie sabe bien si gobiernan los ministros, los influencers o las personas que manejan el teléfono del poder.

En ese escenario apareció Rosmery Maturana, ex asesora de imagen vinculada al círculo íntimo de Javier Milei, convertida de golpe en protagonista involuntaria de una trama donde la intimidad presidencial se mezcló con operaciones políticas, filtraciones digitales y escándalos mediáticos. Porque en la Argentina contemporánea ya no alcanza con administrar un país: también hay que administrar cámaras, chats, egos, algoritmos y rumores. Y mientras el país discute inflación, tarifas y ajuste, el prime time nacional parece haberse mudado definitivamente al WhatsApp presidencial.

En la Argentina de 2026, donde la política ya parece una mezcla entre reality show, interna palaciega y streaming emocional permanente, un nombre empezó a repetirse en programas de televisión, portales y grupos de WhatsApp con velocidad de incendio en pastizal seco: Rosmery Maturana. Hasta hace poco, apenas era conocida en ciertos círculos libertarios como asesora de imagen, agente inmobiliaria y figura cercana a Javier Milei. Pero la filtración de audios, chats y conversaciones privadas la convirtió en una pieza inesperada dentro de uno de los escándalos políticos y mediáticos más comentados del año.

Rosmery Maturana

La historia de Maturana no nació en la Casa Rosada ni entre custodios oficiales. Según distintas reconstrucciones periodísticas, el vínculo con Milei comenzó durante la pandemia, mucho antes de la llegada del economista al poder. El encuentro inicial habría ocurrido en un bar del barrio de Once, cerca de las seis de la mañana, presentados por el periodista Santiago Cúneo, en una escena que parece salida de una novela política porteña escrita entre café recalentado y paranoia electoral.

Oriunda de Vicente López y estudiante de Ciencias de la Comunicación en la Universidad Kennedy, Rosmery Maturana construyó un perfil híbrido entre estética, comunicación y negocios inmobiliarios. Sin ocupar cargos oficiales permanentes ni aparecer dentro del organigrama duro del Gobierno, logró moverse cerca del círculo íntimo presidencial. Allí empezó a consolidarse una relación de confianza que, según distintas publicaciones, iba mucho más allá de una simple asesora de imagen.

Dentro del ecosistema libertario, Maturana quedó asociada rápidamente al famoso “look Milei”. Distintos medios le atribuyen la selección de trajes, corbatas y especialmente la icónica campera de cuero negra Under Armour que terminó funcionando casi como uniforme de campaña del actual presidente. La estética rocker, el personaje televisivo desbordado y el tono antisistema terminaron convirtiéndose en una marca registrada. Y detrás de esa construcción visual, aparecía Rosmery.

Pero la política argentina nunca deja que la estética quede solamente en la estética. Con el correr de los meses, comenzaron rumores sobre el grado de intimidad entre ambos. El nombre de Maturana apareció vinculado a la separación entre Javier Milei y Amalia “Yuyito” González, alimentando versiones sobre chats, llamadas y tensiones dentro del entorno presidencial. Ella negó en varias oportunidades haber tenido un cargo formal, aunque admitió haberlo asesorado durante la campaña.

El verdadero estallido mediático llegó ahora, tras la circulación de presuntos audios y mensajes privados atribuidos al Presidente. En ese material filtrado, Rosmery Maturana aparece señalada como una figura de extrema cercanía emocional y cotidiana con Milei. La polémica explotó en redes sociales, programas políticos y cuentas militantes, mientras el oficialismo intentaba contener el daño mediático en medio de una semana complicada para el Gobierno. (Instagram)

La ex asesora ya había protagonizado controversias anteriores cuando publicó capturas de conversaciones privadas y defendió públicamente al mandatario. En una de esas publicaciones escribió: “No es agresivo, no es psiquiátrico. Lo que pasa hay que solucionarlo”, una frase que recorrió redes y programas de televisión como un misil político en plena interna libertaria.

También apuntó contra integrantes del entorno presidencial, a quienes definió como “vampiros de mala energía”, dejando entrever que alrededor del Presidente existe una guerra silenciosa por influencia, acceso y poder. Esa mezcla de lealtades personales, egos políticos y exposición digital terminó alimentando aún más el clima de novela permanente que rodea a la administración libertaria.

Mientras tanto, las redes sociales hicieron lo suyo. Videos, memes, recortes de audios y especulaciones transformaron a Rosmery Maturana en tendencia nacional. La política argentina moderna ya no distingue demasiado entre asesor, influencer, pareja, operador o celebridad ocasional. Todo se mezcla en una misma pantalla vertical donde los chats privados valen más que una conferencia de prensa y donde un audio filtrado puede tapar durante días cualquier anuncio económico. Ahí está quizá la verdadera postal de época: un país que discute poder a través de capturas de WhatsApp mientras el algoritmo decide qué escándalo dura más de 24 horas.

Para Palermo Online, la aparición de figuras como Maturana también refleja otro fenómeno profundamente porteño: el poder informal. Esa Buenos Aires donde las decisiones importantes muchas veces nacen más en cenas privadas, cafés discretos o vínculos emocionales que en oficinas oficiales. La vieja política de comité y rosca cambió de vestuario, pero no desapareció. Ahora usa Instagram, chats cifrados y audios virales.

Porque en la Argentina contemporánea, entre custodios, influencers, operadores y filtraciones, nadie sabe ya dónde termina la intimidad y dónde empieza el poder.