libreria biblioteca news 1

Soroche en Cusco: cuando la altura obliga a bajar el ritmo

A más de 3.300 metros sobre el nivel del mar, el cuerpo necesita adaptarse. Qué es el mal de altura, por qué aparece y cuáles son las señales que no deben ignorarse.

Cusco tiene una belleza que parece hecha de piedra, cielo y memoria. Pero también tiene una condición física que ningún viajero debería subestimar: está ubicada a 3.399 metros sobre el nivel del mar, una altura suficiente para que muchas personas sientan el llamado soroche, también conocido como mal de altura o mal agudo de montaña.

El fenómeno no tiene que ver con “estar fuera de estado” ni con falta de voluntad. Puede afectar a personas jóvenes, grandes, entrenadas o sedentarias. La explicación es simple y poderosa: a mayor altura, baja la presión atmosférica y el cuerpo recibe menos oxígeno disponible. Entonces debe trabajar más para hacer lo que, al nivel del mar, hace sin pedir permiso: respirar, caminar, dormir, digerir, pensar.

Según los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos, el síntoma más característico del mal agudo de montaña es el dolor de cabeza, generalmente acompañado por cansancio, mareos, náuseas, falta de apetito o vómitos. Suele aparecer entre las 2 y las 12 horas posteriores a la llegada a una zona elevada, muchas veces durante la primera noche.

El primer mandamiento: no hacerse el héroe

La recomendación central es tan antigua como sensata: parar. Si una persona llega a Cusco y empieza con dolor de cabeza, mareo, náuseas o falta de aire al caminar, lo peor que puede hacer es encarar excursiones exigentes como si nada pasara. El cuerpo está pidiendo adaptación, no épica de folleto turístico.

El NHS británico recomienda descansar a la misma altura hasta mejorar, evitar seguir ascendiendo si aparecen síntomas y no consumir alcohol. También sugiere tomar líquidos, comer liviano y usar medicación para dolor o náuseas cuando corresponda.

En términos prácticos, para un turista que está en Cusco y se siente mal, lo recomendable es:

Reposar durante 24 a 48 horas, evitar caminatas largas, subir escaleras con calma, hidratarse, comer liviano, no tomar alcohol y consultar en el hotel o en una guardia si los síntomas son intensos. Muchos alojamientos de Cusco cuentan con oxígeno o pueden orientar al viajero hacia asistencia médica.

El mate de coca forma parte de la cultura local y muchos viajeros lo toman como ayuda tradicional. Pero conviene decirlo con claridad: no reemplaza al oxígeno, al reposo, al descenso ni a una consulta médica cuando el cuadro se complica. La tradición acompaña; la fisiología manda.

Cuándo el soroche deja de ser “normal”

La mayoría de los cuadros leves mejora con descanso y aclimatación. Pero hay señales de alarma que requieren atención urgente. MedlinePlus advierte que el tratamiento principal para las formas de mal de montaña es descender a una menor altura lo más rápido y seguro posible, y que no se debe seguir subiendo si aparecen síntomas. También señala que puede ser necesario administrar oxígeno y, en casos graves, internación.

Hay que pedir ayuda médica de inmediato si aparecen:

Falta de aire en reposo, dolor u opresión en el pecho, tos persistente, labios azulados, confusión, somnolencia extraña, dificultad para caminar derecho, desmayo, dolor de cabeza muy intenso que no mejora, vómitos repetidos o empeoramiento pese al reposo.

Esos signos pueden indicar complicaciones graves como edema pulmonar o edema cerebral de altura, situaciones que requieren descenso, oxígeno y atención médica urgente. TravelHealthPro también remarca que quienes presentan síntomas compatibles con estas complicaciones necesitan asistencia urgente y descenso a menor altitud.

La prevención empieza antes de la excursión

La ciencia de la altura tiene una regla básica: el cuerpo necesita tiempo. Por eso, el primer día en Cusco debería ser tranquilo. Nada de correr para “aprovechar”. Nada de cargar la agenda como si el viaje fuera una competencia. Caminar despacio, dormir bien, comer simple y dejar las excursiones más pesadas para después es una forma inteligente de viajar.

Cusco está más alto que Machu Picchu, que se encuentra a unos 2.430 metros, mientras que zonas del Valle Sagrado como Urubamba u Ollantaytambo están por debajo de la ciudad de Cusco. Por eso, algunos viajeros se aclimatan mejor pasando primero por zonas más bajas antes de dormir en la ciudad imperial.

En algunos casos, los médicos pueden indicar acetazolamida, conocida comercialmente como Diamox, para prevenir o tratar síntomas de altura. Pero no debe tomarse por cuenta propia: requiere evaluación profesional, especialmente en personas con enfermedades renales, alergias, problemas cardíacos, embarazo o tratamientos médicos en curso. El CDC y TravelHealthPro la mencionan como una herramienta útil en determinados viajeros, pero siempre dentro de una estrategia médica y de prevención.

Viajar también es escuchar el cuerpo

Cusco no se disfruta menos por ir despacio. Al contrario: se entiende mejor. La altura obliga a otro ritmo, más parecido al de la piedra antigua que al de la ansiedad moderna. El turista que llega desde Buenos Aires, Montevideo, Lima o cualquier ciudad baja tiene que recordar algo elemental: los Andes no se conquistan; se respetan.

El soroche no debería arruinar un viaje, pero tampoco debe ser minimizado. La mejor receta combina prudencia, información y humildad física: descansar, hidratarse, no subir más si hay síntomas, usar oxígeno si hace falta y buscar atención médica ante señales de alarma.

Porque en la altura, como en tantas cosas de la vida, el cuerpo avisa primero en voz baja. Escucharlo a tiempo puede ser la diferencia entre una mala noche y un problema serio.

LA COCA

La coca andina: una respuesta ancestral al cuerpo en la altura

Para los pueblos andinos, la hoja de coca no es una curiosidad turística ni un simple remedio de ocasión. Es una planta cultural, medicinal y ritual que acompaña la vida en la altura desde tiempos remotos. En Cusco, en el Valle Sagrado y en buena parte del mundo quechua y aymara, mascar coca —práctica conocida como acullico, chacchado, picchado o hallpay— forma parte de una sabiduría corporal aprendida generación tras generación.

Los lugareños no “vencen” la altura por magia. En realidad, combinan adaptación biológica, costumbre, alimentación, ritmo de vida y conocimiento tradicional. Quien nació o vive durante años por encima de los 3.000 metros tiene un organismo más habituado a respirar con menos oxígeno disponible. Pero además aprendió algo elemental: en la montaña no se corre contra el cuerpo; se camina con él.

La hoja de coca ayuda porque actúa como un estimulante suave. Al mascarla lentamente, muchas veces acompañada por una sustancia alcalina como llipta, cal, ceniza vegetal o bicarbonato, sus compuestos se liberan de manera gradual en la boca. Esa práctica puede disminuir la sensación de cansancio, hambre, frío, dolor de cabeza o malestar digestivo, síntomas frecuentes en la altura. No es lo mismo que tomar un té rápido ni mucho menos que hablar de cocaína procesada: la hoja entera, usada tradicionalmente, tiene otra escala, otro contexto y otro sentido.

En la cultura andina, la coca también es vínculo social y espiritual. Se ofrece, se comparte, se agradece. Está presente en caminatas, trabajos rurales, ceremonias, viajes y encuentros comunitarios. La hoja no solo “sirve” para algo: también representa respeto por la montaña, por la Pachamama y por una forma antigua de entender la salud, donde el cuerpo, el territorio y la comunidad no están separados.

La ciencia moderna observa esta práctica con interés, pero también con cautela. Hay estudios que reconocen sus usos tradicionales para la energía, la digestión y el mal de altura, aunque la evidencia clínica en turistas no es concluyente. Por eso, la coca puede acompañar la aclimatación, pero no reemplaza lo básico: descansar, hidratarse, no seguir subiendo si hay síntomas y buscar atención médica ante señales de alarma.

En los Andes, la hoja de coca enseña una lección simple y poderosa: la altura no se domina, se respeta. Y tal vez por eso los pueblos que viven allí desde hace siglos entendieron antes que nadie que la mejor medicina empieza por escuchar el ritmo de la tierra y del propio cuerpo.