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Universidades argentinas en terapia intensiva

Docentes pobres, estudiantes precarizados y un sistema educativo que sobrevive a fuerza de vocación

En la Argentina de 2026 ya casi nadie discute si la universidad pública está en crisis. La discusión real pasa por otra pregunta mucho más incómoda: cuánto tiempo más puede aguantar funcionando así antes de quebrarse por dentro. Porque mientras el Gobierno nacional continúa hablando de equilibrio fiscal, déficit cero y ajuste “inevitable”, en las aulas públicas del país se multiplican docentes debajo de la línea de pobreza, estudiantes obligados a trabajar en negro y facultades enteras sostenidas con una épica silenciosa que ya empieza a agotarse.

El informe elaborado por la investigadora Valeria Ojeda, del Grupo de Investigaciones Sociales y Estudios Laborales de la Universidad Nacional del Nordeste (UNNE), expone una radiografía feroz del deterioro universitario argentino tras el desfinanciamiento impulsado desde diciembre de 2023.

Y los números son un mazazo.

La UNNE cuenta actualmente con 4.642 cargos docentes distribuidos en doce unidades académicas entre Chaco y Corrientes. De ese total, el 65% corresponde a auxiliares docentes y jefes de trabajos prácticos, es decir, las categorías más bajas y peor remuneradas del sistema universitario. Apenas el 13% son profesores titulares y un 22% adjuntos.

Traducido al castellano de la calle: la enorme mayoría de quienes sostienen la universidad pública argentina son trabajadores precarizados académicamente.

La Facultad de Ciencias Económicas de la UNNE posee 669 cargos docentes, convirtiéndose en la unidad académica con mayor cantidad de trabajadores. Le siguen Ciencias Exactas y Naturales con 632 y Medicina con 553. En el otro extremo aparece el Instituto de Ciencias Criminalísticas con apenas 81 cargos.

Pero el problema no es solamente cuántos docentes hay. El problema es cuánto cobran.

Salarios universitarios: la caída libre de una profesión histórica

El informe detalla que el 86% de los cargos docentes posee dedicación simple, es decir, apenas diez horas formales semanales reconocidas salarialmente. Apenas un 11% tiene dedicación exclusiva y solo un 3% semiexclusiva.

En la práctica, el dato es todavía más brutal. Porque ningún docente universitario trabaja realmente diez horas. Las clases son apenas una parte del trabajo académico: corregir parciales, preparar contenidos, actualizar bibliografía, dirigir tesis, responder alumnos, investigar, participar en congresos y sostener aulas virtuales forman parte de tareas invisibles que nunca aparecen en los discursos libertarios sobre “eficiencia del gasto”.

Los salarios revelados por la investigación son directamente alarmantes:

  • Un auxiliar docente con dedicación simple cobra inicialmente $176.330 y alcanza apenas $250.000 mediante garantía salarial.
  • Un JTP simple llega también a $250.000 garantizados.
  • Un profesor adjunto simple ronda $1.000.000.
  • Un titular exclusivo alcanza cerca de $1.260.000.

Ahora viene el dato demoledor: según el mismo informe, incluso muchos cargos docentes continúan debajo de la Canasta Básica Total calculada por INDEC. Los auxiliares quedan un 32% abajo de la línea de pobreza y los JTP un 10% por debajo.

O sea: una parte enorme de quienes forman futuros médicos, ingenieros, abogados o científicos en Argentina son técnicamente trabajadores pobres.

Y mientras eso sucede, desde ciertos sectores mediáticos se sigue instalando el relato de que las universidades son “cuevas ideológicas financiadas por el Estado”. Lo curioso es que nunca explican por qué alguien aceptaría semejantes salarios solamente para militar políticamente. Salvo que la verdadera explicación sea otra: vocación, prestigio profesional y compromiso social.

La universidad pública y la fábrica de movilidad social

Los datos estudiantiles muestran otra dimensión del problema.

El 71% de los ingresantes a Relaciones Laborales en la UNNE proviene de escuelas públicas y un 15% de establecimientos subvencionados. Apenas el 14% llega desde colegios privados.

Además:

  • El 33% es primera generación universitaria en su familia.
  • Otro 33% tuvo que mudarse de ciudad para estudiar.
  • Cerca del 75% pertenece a segmentos socioeconómicos vulnerables o de bajos ingresos.

La universidad pública sigue funcionando como el último gran ascensor social argentino. El problema es que ese ascensor ahora sube lento, hace ruido y parece quedarse sin mantenimiento.

El informe revela además que el 38% de los estudiantes trabaja mientras cursa y que casi el 70% de esos empleos son informales o sin aportes.

Ahí aparece otra postal brutal de la Argentina actual: jóvenes que estudian carreras universitarias mientras sobreviven repartiendo pedidos, atendiendo comercios o haciendo changas en negro.

Y hay un dato todavía más fuerte: dos de cada tres estudiantes trabajadores son mujeres.

El ajuste universitario en números nacionales

La situación de la UNNE no es un caso aislado. Las universidades nacionales vienen denunciando desde hace más de dos años una pérdida presupuestaria acumulada enorme producto de la inflación y del congelamiento presupuestario derivado de la prórroga del presupuesto 2023.

Entre 2024 y 2026:

  • Las universidades denunciaron fuertes recortes en gastos de funcionamiento.
  • Se redujeron programas científicos y becas.
  • Se paralizaron obras de infraestructura.
  • Miles de investigadores comenzaron a migrar al sector privado o al exterior.
  • El CONICET perdió poder adquisitivo y financiamiento real.
  • Se multiplicaron las renuncias docentes en cargos bajos por inviabilidad económica.

El fenómeno ya empezó a sentirse en carreras estratégicas como ingeniería, medicina, informática y ciencias exactas, donde el mercado privado paga varias veces más que el sistema universitario público.

En otras palabras: Argentina está formando menos científicos justo cuando el mundo entra en la mayor revolución tecnológica desde la Revolución Industrial.

Milei, las universidades y el relato de la “casta”

El conflicto universitario además expone una contradicción política cada vez más evidente.

Durante años, gran parte de la sociedad compró el discurso de que el problema argentino era “la casta política”. Sin embargo, el ajuste terminó golpeando sobre todo a sectores medios, trabajadores estatales, jubilados, docentes, estudiantes y científicos.

Porque claro, una cosa es gritar “afuera” en un estudio de televisión y otra muy distinta es sostener universidades federales en provincias donde muchas veces representan el principal motor científico, cultural y económico regional.

La UNNE, por ejemplo, articula carreras en Chaco y Corrientes vinculadas a salud, ingeniería, agronomía, derecho, ciencias económicas y desarrollo tecnológico regional. Desfinanciarla no afecta solamente a estudiantes y profesores. Impacta sobre economías enteras del NEA.

Y ahí aparece la gran pregunta política del momento: ¿el Gobierno realmente cree que una sociedad puede desarrollarse destruyendo su sistema científico y educativo?

Estados Unidos, China, Alemania, Corea del Sur e Israel invierten fortunas en investigación universitaria. Argentina, mientras tanto, discute si puede pagar la luz de las facultades.

Una universidad sostenida a pulmón

El informe termina con una reflexión durísima: tanto docentes como estudiantes sostienen el sistema universitario más por convicción que por condiciones materiales reales.

Y quizás ahí esté la clave más profunda de todo esto.

La universidad pública argentina todavía funciona porque millones de personas creen que estudiar vale la pena incluso cuando económicamente parece irracional. Porque detrás de cada docente mal pago hay alguien que sigue enseñando igual. Y detrás de cada estudiante precarizado hay una familia apostando a cambiar su destino.

Pero hasta la vocación tiene límites.

La historia argentina demuestra que cada vez que el país destruyó ciencia, educación y conocimiento tardó décadas en recuperarse. Pasó después de la Noche de los Bastones Largos. Pasó en los ‘90. Y vuelve a pasar ahora.

Mientras tanto, la política sigue atrapada en una pelea absurda de slogans, hashtags y tribunas digitales donde todo se resume a “libertarios versus kirchneristas”, como si el deterioro universitario fuera apenas una batalla cultural y no una discusión sobre el futuro productivo, científico y social de la Argentina.

Porque al final del día la pregunta ya no es cuánto puede resistir la universidad pública.

La verdadera pregunta es cuánto puede resistir un país que empieza a vaciarla.

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