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Acuerdo por los “dólares del colchón” produjo lo contrario: más desconfianza y fuga

Acuerdo por los “dólares del colchón”: una jugada fiscal entre gobernadores y Milei, pero el pueblo mira desde la vereda de enfrente

Mientras en Azopardo 750 los gobernadores del país firman con la Nación un acuerdo para blanquear capitales y liberar los tan mentados “dólares del colchón”, en los barrios del conurbano, del norte profundo y de las ciudades quebradas por la inflación, la gente no llega a comprar ni un kilo de asado. La escena es tan disparatada como reveladora: se firma un pacto para que aparezca dinero que no está —o peor, que nunca fue del ciudadano común.

La trama del blanqueo: narcos, evasores y un sistema que se ilusiona solo

El Régimen Simplificado de Ganancias que impulsa el Gobierno y que hoy fue acompañado por gobernadores de casi todo el espectro político tiene una premisa fundamental: atraer a los bancos esos dólares que están guardados fuera del sistema. Pero en la práctica, la clase media está fundida, la baja está destruida y la alta —la que realmente tiene billetes verdes— ya tiene su plata afuera o bien blindada en cajas de seguridad.

¿Quién, entonces, va a sacar esos dólares del colchón?

La respuesta cruda, que circula entre los economistas más serios y los operadores del sistema financiero, es brutal: solo los narcotraficantes, algunos empresarios del lavado, o evasores con miedo a una eventual investigación podrían mostrar interés en este blanqueo. El resto de los argentinos —ese 90% que sobrevive entre changas, tarjetas y billeteras digitales vacías— no tiene colchón, ni dólares, ni margen para confiar en promesas estatales.

“¿Vos creés que Doña Rosa va a ir al banco a meter los 400 dólares que ahorró con miedo durante años? ¿Para qué? ¿Para que se los pesifiquen o se los confisque un Milei desesperado cuando no lleguen las metas del FMI?”, ironizó un analista del sector en estricto off the record.

Un país de billetes debajo del colchón… ajenos

La idea de que hay una montaña de dólares escondidos en los hogares argentinos es una fantasía repetida hasta el cansancio. Es cierto que existen fondos fuera del sistema, pero en gran medida no están en manos de quienes el Gobierno pretende atraer con este nuevo esquema. Además, la memoria colectiva del “corralito” está demasiado fresca, y la dinámica actual —como bien observa Cristina Kirchner— es de fuga, no de reingreso.

Según datos del INDEC y del BCRA, la circulación de dólares billete fuera del sistema bancario sigue en aumento. El argentino medio, lejos de confiar en los bancos, prefiere guardar lo poco que tiene en un rincón del ropero antes que sufrir otra confiscación disfrazada de patriotismo monetario.

¿Y los gobernadores? Pusieron la firma… y cruzan los dedos

Axel Kicillof, Jorge Macri, Martín Llaryora, Rogelio Frigerio, Gildo Insfrán, Pullaro, Poggi y más de una docena de mandatarios provinciales firmaron el acuerdo porque necesitan obra pública, financiamiento y oxígeno. La coparticipación se derrumba, las arcas provinciales sangran y, en esa desesperación, alinearse con Caputo y Milei parece menos peligroso que quedarse afuera del reparto.

Pero en privado, varios admiten que este plan tiene aroma a manotazo de ahogado. La frase más repetida en pasillos del Consejo Federal de Inversiones fue: “Vamos a acompañar… total, la plata no va a aparecer igual”.

¿A dónde nos lleva este pacto?

El Gobierno intenta construir una narrativa de orden fiscal, reservas crecientes y reingreso de dólares gracias al voto de confianza de las provincias. Pero la realidad cruje: las metas del FMI no se cumplen, los REPOS no llegan, y mientras se habla de «liberar capitales», los verdaderos dólares siguen yéndose en valijas o permaneciendo bien ocultos por quienes ya no creen en nadie.

¿Se blanquea dinero o se blanquea impotencia estatal?

¿Quién va a meter su plata en los bancos en una Argentina donde Milei celebra la motosierra y nadie garantiza que los fondos no queden atrapados en el próximo susto financiero?

En este tablero desigual, la única certeza es que mientras el Gobierno pacta con los gobernadores, el pueblo —el de verdad— ni está invitado al juego. Y mucho menos tiene ficha para apostar.